
Hace años, una amiga me explicó qué es un orgasmo cerebral, que supongo que viene a ser lo mismo que ahora se llama ASMR. Esa sensación extraña de hormigueo en el cerebro (al menos así es como yo la siento), a mí no me asalta con los típicos detonantes de youtube: voces susurrantes, chicas cepillándose el pelo o lo que sea que esté de moda ahora. Me suele pasar al escuchar ciertas músicas experimentales. No piezas enteras, momentos concretos de esas piezas. Normalmente está relacionado con un cambio entre algo monótono o ruidoso a algo con cierta melodía.
Es difícil de explicar, es una sensación extraña en una parte concreta de la cabeza, pero hay varios temas con los que me pasa siempre y uno de ellos es Movement 1 del disco Blackest ever Black de Haswell & Hecker. Es un tema de unos 30 minutos que empieza con unos ruiditos sutiles que pasan de un oído a otro y de repente, cuando llevan un minuto y pico, aparecen unas notas más melódicas (dentro de lo melódico que puede ser el ruido) que se repiten otra vez sobre el minuto 9. Ese cambio suele generarme esa sensación sinestésica insólita.

Es curioso que este sea uno de los temas con los que me pasa porque es una composición que viene ya de la sinestesia. Es un disco hecho a partir de imágenes, compuesto usando el UPIC de Iannis Xenakis, un sistema digital que permite generar música a partir de dibujos. No voy a entrar en temas técnicos sobre cómo funciona el UPIC, si os interesa eso podéis encontrar mucha documentación online, a mí me interesa más el por qué que el cómo.
Haswell & Hecker son Russell Haswell y Florian Hecker, un inglés y un alemán de los mundillos del noise y el media art que durante un tiempo estuvieron colaborando juntos en sesiones con el UPIC. Xenakis usaba el UPIC para componer música a partir de dibujos y lo que hacen Haswell & Hecker en este disco es un poco distinto. Usaron fotos de temas siniestros, como pruebas nucleares, atentados… No sé exactamente qué fotos, pero sé que había algunas del 11-M.
El título viene de una pintura especial que se usa en dispositivos ópticos para absorber la luz. Es un disco en el que tanto el concepto como el resultado son incómodos. El sonido del negro más negro que jamás haya existido es atonal y violento. Va y viene sin sentido aparente y estalla en convulsiones, porque así es este mundo oscuro en el que vivimos.
Esa sinestesia se tradujo en otra capa más que trasladaba el sonido a rayos láser. Yo tuve la suerte de ver uno de esos conciertos en un Sónar hace años. Supongo que para algunas personas todo esto puede ser pesadillesco, pero hacer arte es una de las pocas maneras que existen de gestionar la negrura de este mundo. A mí al menos me resulta tranquilizador llevar cosas malas, ajenas o propias, a ese terreno. Seguramente porque llevas algo incontrolable a algo que puedes controlar.
Y más negro… Hace unos 10 años, Public Domain Review publicó un artículo de Eugene Thacker (un escritor y profesor de media studies que escribe sobre temas oscuros) sobre el uso de la negrura en el arte. ¿El negro es un color o la ausencia de color? El artículo, que podéis leer en el enlace, se abre con una imagen de 1617 que me fascina, una representación de la nada anterior al universo. El libro del que procede se puede encontrar en Archive.

Esta imagen no me fascina solo por esa nada que una suele asociar a formas de arte más contemporáneas, sino también por otra idea que menciona Thacker: los límites de la representación. ¿Cómo se puede representar la nada? Eso no es la nada, es solo un cuadrado negro. Pues añade un texto en los cuatro lados que aclare: «Y así hasta el infinito».
Quizás estaréis pensando en Malevich, aunque a mí lo primero que me trae a la cabeza un cuadrado negro es la página negra de Tristram Shandy. Leí el libro de Laurence Sterne de adolescente, simplemente porque estaba en la estantería del salón, y desde entonces esa página negra me persigue como prueba de lo que se puede conseguir si no te atas a los estándares y los cánones. Me persigue hasta tal punto que es uno de los dos libros que «robé» de casa de mis padres y he arrastrado siempre conmigo de mudanza en mudanza. El otro es El monje de Mathew G. Lewis.

No obstante, no quiero que esto suene a nihilismo. Una de las razones por las que me obsesiona tanto ese espacio ausente es porque es el único lugar donde todo es posible, porque no hay nada todavía. En occidente, solemos darle a la nada una connotación negativa, cuando en realidad no es una negación, sino la indiferenciación de la que surge todo.
El vacío no es una ausencia, es un infinito. Aquí podría liarme a añadir todo tipo de citas sobre esto que he ido guardando durante años, pero me voy a quedar con esta que creo que explica bien la visión de ciertas filosofías orientales.
El concepto de vacío esencial o vacuidad (stong pa, stong ñid) no guarda, para el buddhismo, relación alguna con el de nihilidad; es la ausencia de toda forma de determinación positiva o negativa, la trascendencia de toda característica (limitativa en sí misma), la apertura total del Absoluto.
La apertura total del absoluto sería también un buen título para algo.
No sé a donde estoy yendo con todo esto, pero leyéndolo ahora una de las conclusiones que podría sacar es que el negro es como cualquier otra cosa, le puedes dar el significado que tú quieras.
A principios de octubre, me puse a hacer en bsky un hilo sobre terror experimental recomendando una película cada día. La mayoría son cortos porque nadie suele dar dinero para producir estas cosas raras. De paso, he ido añadiendo todas las películas que se me han ido ocurriendo a una lista de Letterboxd por tenerlo todo en un sitio más fácil de consultar. En la lista hay más películas que en el hilo. Por ahora no es que haya muchas (ahora mismo 35), porque estas cosas se van haciendo de memoria a medida que te vienen a la cabeza, pero ahí queda e irá creciendo.
Y, hablando de terror, el último Menta el Blanco, el podcast de cine que hago con mi amiga Noel, es sobre Arrebato. Estuvimos hablando cuatro horas y media, pero siempre lo editamos porque nos parece que un podcast tan largo es absurdo, yo desde luego no lo escucharía. La versión final dura dos horas, que también es bastante largo, pero mucho más manejable. Creo que tenemos que encontrar la manera de no liarnos tanto, porque editar cuatro horas de audio ya os podéis imaginar que lleva su tiempo.
Cierro esta… ¿entrega? ¿envío? con este corto experimental que descubrí esta semana que me gusta mucho. Ahora no recuerdo por qué me puse a buscar este corto en concreto, pero lo gracioso es que lo encontré en youtube y al verlo pensé, pues vaya mierda de música que no le pega ni con cola, y luego me di cuenta de que estaba viendo una versión de alguien que le había cambiado la música porque la original le parecía espantosa. Aquí me encojo de hombros con el mal gusto que tiene alguna gente. Esta es la versión buena.


